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DISCURSO ACADEMICO SOBRE LA BIBLIA
Juan Donoso Cortes
Discurso con el cual su autor fue admitido como miembro de la Real Academia Española De La Lengua en la sesión del 16 de abril de 1848.

Señores:

Llamado por vuestra elección el vacío que ha dejado en esta Academia un varón ilustre por su doctrina, célebre por la agudeza y la fecundidad de su ingenio, y por su literatura y su ciencia merecedor de eterna y esclarecida memoria, ¿qué podrá decir que sea digno de escritor tan eminente y de esta nobilisima asamblea quien como yo es pobre de fama y escaso de ingenio? Puesto en caso tan grave, me ha parecido conveniente escoger para tema de mi discurso un asunto subidisimo, que, cautivando vuestra atención, os fuerce a apartar de mi vuestros ojos, para ponerlos en su grande majestad y en su sublime alteza.

Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy fubula y ludibrio de la tierra, y que fue en tiempos pasados estrella del oriente, adonde han ido a beber su divina inspiración todos los grandes poetas de la regiones occidentales del mundo y en el cual han aprendido el secreto de levantar los corazones y de arrebatar las almas con sobrehumanas y misteriosas armonías. Ese libro es la Biblia, el libro por excelencia.

En él aprendió Petrarca a modular sus generes, en el vio Dante sus terríficas visiones; de aquella fragua encendida saco el poeta de Sorrento los espléndidos resplandores de sus cantos. Sin el, Milton no hubiera sorprendido a la mujer en su primera flaqueza, al hombre en su primera culpa, a Luzbel en su primera conquista, a Dios en su primer ceño; ni hubiera podido decir a las gentes la tragedia del paraíso, ni cantar con canto de dolor la mala ventura y triste hado del humano linaje. Y para hablar de nuestra España, ¿quien enseño al maestro Fray Luis de León a ser sencillamente sublime? ¿De quien aprendió Herrera su entonación alta, imperiosa y robusta? ¿Quien inspiraba a Rioja aquellas lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y majestad y henchidas de tristeza, que dejaba caer sobre los campos marchitos, sobre los mustios collados, y sobre las ruinas de !os imperios, como un paño de luto?.

¿En cual escuela aprendió Calderón a remontarse a las eternas moradas sobre las plumas de los vientos? ¿Quien puso delante de los ojos de nuestros grandes escritores místicos los obscuros abismos del corazón humano? ¿Quien puso en sus labios aquellas santas armonías, y aquella vigorosa elocuencia, y aquellas tremendas imprecaciones, y aquellas fatídicas amenazas, y aquellos arranques sublimes, y aquellos suavisimos acentos de encendida caridad y de castísimo amor, con que unas veces ponían espanto en la conciencia de los pecadores y otras levantaban hasta el arrobamiento las limpias almas de los justos? Suprimid la Biblia con la imaginación, y habreis suprimido la bella, la grande literatura española, o la habreis despojado al menos de sus destellos mas sublimes, de sus mas espléndidos atavíos, de sus soberbias pompas y de sus santas magnificencias.
¿Y que mucho, señores, que las literaturas se deslustren si con la supresión de la Biblia quedarían todos los pueblos asentados en tinieblas y en sombras de muerte? Porque en la Biblia están escritos los anales del cielo, de la tierra y del género humano; en ella, como en la divinidad misma, se contiene lo que fué, lo que es y lo que será; en su primera página se cuenta el principio de los tiempos y el de las cosas, y en su ultima pagina el fin de las cosas y de los tiempos. Comienza con el Génesis que es un idilio, y acaba con el Apocalipsis de San Juan, que es un himno fúnebre. El Génesis es bello como la primera brisa que refresco a los mundos, como la primera aurora que se levantó en el cielo, como la primera flor que brotó en los campos, como la primera palabra amorosa que pronunciaron los hombres, como la última palpitación de la naturaleza, como el último rayo de luz, como la última mirada de un moribundo. Y entre este himno fúnebre y aquel idilio vense pasar unas en pos de otras a la vista de Dios todas las generaciones y unos en pos de otros todos los pueblos: las tribus van con sus patriarcas; las repúblicas con sus magistrados; las monarquías, con sus reyes, y los imperios con sus emperadores.

Babilonia pasa con su abominación, Nínive con su pampa. Memfis con su sacerdocio, Jerusalén con sus profetas y su templo, Atenas con sus artes y con sus héroes, Roma con su diadema y con los despojos del mundo. Nada esta firme sino Dios; todo lo demás pasa y muere, como pasa y muere la espuma que va deshaciendo la ola.

Allí se cuentan o se predicen todas las catástrofes, y por eso están allí los modelos inmortales de todas las tragedias; allí se hace el recuento de todos los dolores humanos; por eso las arpas bíblicas resuenan lúgubremente, dando los tonos de todas las lamentaciones y de todas las elegías. ¿Quien volverá a gemir como Job cuando, derribado en el suelo por una mano excelsa que le oprime, hinche con sus gemidos y humedece con sus lágrimas los valles de Idumea? ¿Quien volverá a lamentarce como se lamentaba Jeremias en torno de Jerusalén, abandonada de Dios y de las gentes? ¿Quien será lúgubre y sombrío como era sombrío y lúgubre Ezequiel, el poeta de los grandes infortunios y de los tremendos castigos, cuando daba a los vientos , su arrebatada inspiración, espanto de Babilonia? Cuéntase allí las batallas del Señor, en cuya presencia son vanos simulacros las batallas de los hombres; por eso la Biblia, que contiene los modelos de todas las tragedias, de todas las elegías y de todas las lamentaciones, contiene también el modelo inimitable de todos los cantos de la victoria. ¿Quien cantara como Moisés del otro lado del Mar Rojo, cuando cantaba la victoria de Jehová, el vencimiento de Faraón y la libertad de su pueblo? ¿Quién volverá a cantar un himno de victoria como el que canta Débora, la sibila de Israel, la amazona de los hebreos, la mujer fuerte de la Biblia? Y si de los himnos de victoria pasamos a los himnos de alabanza, ¿en cual templo resonaron, jamas como en el de Israel, cuando subían al cielo aquellas voces suaves, armoniosas, concertadas, con el delicado perfume de las rosas de Jericó y con el aroma del incienso del Oriente? Si buscáis modelos de la poesía lírica, ¿que lira habrá, comparable con el arpa de David, el amigo de Dios, el que ponía el oido a las suavisimas consonancias y a los dulcisimos cantos de las arpas angélicas o con el arpa de Salomón, el rey sabio y felicisimo, que puso su sabiduría en sentencias y en proverbios y acabó por llamar vanidad a la sabiduría; que cantó el amor y sus regalados dejos, y su dulcísima embriaguez, y sus sabrosos transportes y sus elocuentes delirios? Si buscais modelos de la poesía bucólica, ¿en donde los hallaréis tan frescos y tan puros como en la época bíblica del patriarcado, cuando la mujer, la fuente y la flor eran amigas, porque todas juntas y cada una de por si eran el símbolo de la primitiva sencillez y de la cándida inocencia? ¿Donde hallaréis sino allí los sentimientos limpios y castos, y el encendido pudor de losesposos, y la misteriosa fragancia de las familias patriarcales?

Y ved, señores, porqué todos los grandes poetas, todos los que han sentido sus pechos devorados por la llama inspiradora de un Dios. han corrido a aplacar su sed en las fuentes bíblicas de aguas inextinguibles, que ahora forman impetuosos torrentes, ahora ríos anchurosos y hondables, ya estrepitosas cascadas y bulliciosos arroyos, o tranquilos estanques y apacibles remansos.

Libro prodigioso aquél, señores, en que el genero humano comenzó a leer treinta y tres siglos ha, y con leer en el todos los días, todas las noches y todas las horas, aún no ha acabado su lectura. Libro prodigioso aquél, en que se calcula todo antes de haberse inventado la ciencia de los cálculos; en que sin estudios lingüísticos se da noticia del origen de las lenguas en que sin estudios astronómicos se computan las revoluciones de los astros; en que sin documentos históricos se cuenta la Historia, en que sin estudios físicos se revelan las leyes del mundo. Libro prodigioso aquel, que lo ve todo. y que lo sabe todo; que sabe los pensamientos que se levantan en el corazón del hombre y los que están presentes en la mente de Dios; que ve lo que pasa en los abismos, del mar y lo que sucede en los abismos de la tierra; que cuenta o predice todas las catástrofes de las gentes, y en donde se encierran y atesoran todos los tesoros de la misericordia, todos los tesoros de la justicia y todos los tesoros de la venganza. Libro en fin, señores, que cuando los cielos se repliegan sobre si mismos como un abanico gigantesco, y cuando la tierra padezca desmayos, y el sol recoja su luz y se apaguen las estrellas, permanecerá él solo con Dios, porque es su eterna palabra resonando eternamente en las alturas.

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